El Gran Gap - 5
Grandes
preguntas
En
el capítulo anterior creemos haber dejado claramente demostrado la
existencia de un hueco en la investigación científica, al que
llamamos el gran GAP.
Ese
gap es el salto en el vacío que la filosofía y todas las ciencias
dan cuando intentan explicar cualquiera de las funciones del cerebro,
que tengan que ver con lo que se llama la mente
humana.
Casi todas, en realidad, salvo quizá ciertos controles automáticos
y totalmente inconscientes que caen en el área de la neurología, la
bioquímica y biofísica, la endocrinología, el sistema nervioso y
el sistema inmune.
Es
el pasaje de una teoría científica, lograda con un método
científico, por medio de la observación sistemática, sobre un
objeto real, cuyo resultado es un objeto NO
real: un proceso mental; un recuerdo, un pensamiento, una sensación,
hasta un sentimiento.
En
este capítulo intentaremos identificar las grandes preguntas que
deberíamos plantearnos. Las que no solo están sin respuesta, sino
que muchas veces ni siquiera se han planteado concreta y
correctamente las preguntas mismas.
Para empezar por lo más básico: un recuerdo puntual.
Todos sabemos qué es un recuerdo ¿Verdad?... Pues no, no es así.
Todos hemos experimentado un recuerdo, pero no sabemos QUÉ
ES un recuerdo.
Podemos ver qué áreas del cerebro se iluminan de actividad
electronerviosa durante el proceso de recordar algo.
A través del estudio del cerebro de animales de laboratorio, hemos
logrado identificar componentes químicos que casi seguramente
intervienen en la formación de recuerdos. Se logran aislar y al
transferirlos a otro animal, notamos que este parece “recordar”
cosas que nunca conoció. De su comportamiento de temor ante un
sonido para el que no estaba entrenado a reconocer, o de su facilidad
para recorrer un laberinto por el que nunca había transitado,
deducimos que algo de la memoria del animal anterior se transfirió
al nuevo, en esos compuestos químicos inyectados. Pero estamos muy
lejos de saber si eso es un recuerdo.
Por la sencilla razón de que el recuerdo está del otro lado del
GAP. Lo que observamos es comportamiento. Eso si es real, medible,
verificable. ¿Qué es lo que ocurre en la “mente” del ratón? No
lo podemos saber. Si “recuerda” un dolor o un camino o si actúa
de forma automática, como por reflejo condicionado, es un misterio.
El problema es que el recuerdo es la base de todo el funcionamiento
de la mente. Es el principio, el apoyo, el ladrillo básico con el
cual se construyen todos los demás procesos mentales.
La forma como comenzamos a aprender, apenas empezamos a usar nuestro
cerebro, incluso dentro del útero materno es a través de fijar
recuerdos. La reiteración de estímulos es la manera como la
naturaleza programa el cerebro. Pero ese “programa” que asocia un
estímulo a algo que nos interesa obtener o evitar, debe ser
“recordado”, guardado de algún modo en algún lugar del cerebro.
Para guardar un recuerdo, se debe hacer una codificación sobre algún
soporte físico. Y dado que todos los seres vivos estamos compuestos
de Carbono, Hidrógeno, Oxígeno y Nitrógeno, que componen todas las
moléculas de la química orgánica, es bastante razonable pensar que
el soporte físico sobre el que se graba la información que
guardamos en el cerebro, es alguna molécula orgánica. Bueno, en
realidad un conjunto posiblemente muy grande de compuestos.
Seguramente especializados. Algunos guardan un tipo de recuerdo,
otros otro.
Una serie de lindas preguntas a plantearse: ¿Será posible
identificar en qué tipo de moléculas se guarda que tipo de
información? ¿Dónde se guarda un recuerdo olfativo? ¿Dónde un
recuerdo visual, o sonoro? Enseguida nos preguntaremos por qué se
prefieren ciertos sustratos para ciertos tipos de recuerdos. Porque
eso puede arrojar luz sobre cómo se codifican y decodifican los
distintos tipos de recuerdos.
Aquí estamos hablando de recuerdos según su procedencia, según de
qué sentido provienen. Pero también existen otras clasificaciones
muy útiles y bien estudiadas por las neurociencias, según su
horizonte de permanencia, por ejemplo, la memoria de corto plazo y la
de largo plazo, la memoria operativa y la memoria de soporte.
Actualmente esta clasificación usa otros términos más adecuados a
la tarea que cada “capa” realiza: Memoria de trabajo o inmediata,
que maneja información por algunos segundos o minutos. Memoria de
largo plazo que preserva o almacena (y recupera) información de
varios días a años. Memoria prospectiva, donde se guardan
(recuerdan) pensamientos que tienen que ver con el futuro.
Seguramente estarán sobre soportes diferentes. Como en informática,
la RAM y el disco duro. Notaremos que una es más “energética”,
consume más recursos, es más “cara” en términos de lo que
cuesta mantenerla, mientras que la otra es más estable, durable y
está sobre un sustrato más “barato” de mantener o de mayor
disponibilidad.
Y habrá que estudiar los procesos por los cuales un tipo de memoria
se transforma en la otra. Cómo un recuerdo reciente se “fija”. Y
también como se pierde, se “olvida”. Y cómo, a veces parece que
se pierde, pero está ahí en algún lugar causando un gran daño en
nuestro comportamiento, aunque no podamos evocarlo a no ser bajo
ciertas circunstancias.
Todo esto nos indicará también la manera como se decodifican los
recuerdos. Esos conjuntos de moléculas que “contienen” el
recuerdo almacenado, deberán pasar por un proceso que
transitoriamente llamaremos de “lectura”. Este proceso muy
probablemente genera los mismos estímulos que originalmente
provenían de “afuera”, desde los sentidos, pero ahora desde
“adentro”, liberando los mismos químicos, excitando similares
grupos de neuronas, generando similares niveles de energía en
ciertos centros nerviosos.
El Dr. Manes expresa en su libro ya citado este proceso crucial, en
una sola frase que creo que es imposible formularla mejor, por lo que
la citaremos textual: “Para que exista un proceso eficaz de
aprendizaje, lo que se necesita es que la memoria cumpla con su rol
clave, es decir, la posibilidad de persistencia de ese
conocimiento para que la información sea conservada y
recuperada más tarde cuando se la necesite”. Nuevamente las
negritas son nuestras. Y continúa
“La historia misma de cada uno de nosotros puede leerse en
clave del conocimiento adquirido para adaptarse a situaciones
nuevas por el hecho de haber conocido (y procesado [y almacenado])
situaciones viejas. Eso es aprender y solo es posible por obra
de la memoria.” En esta frase son nuestras las negritas y la
expresión entre paréntesis rectos.
Como vemos está perfectamente asumido que hay algo que se almacena,
se persiste, y que es fundamental poder recuperarlo para la
supervivencia del ser humano como individuo y como especie.
Se que no es el sentido de la segunda frase, pero se asume también
que nuestra propia historia puede leerse conociendo la clave, yo
diría el código, con que se almacenaron esos recuerdos.
¿No será por tanto de una importancia crucial destinar esfuerzos
científicos a determinar cuál es ese código y en que soporte
físico se almacena?
Parece obvio que no es algo tan simple como un código binario. Ni
siquiera como el cuaternario ACTG del genoma, lo que explica la
enormidad del gran gap.
Los neurólogos también hablan de circuitos. Cada una de nuestros
miles de millones de neuronas tiene miles de conexiones con sus
vecinas. Eso eleva el posible número distinto de conexiones activas
a billones. Si creemos que la manera, el sentido en el que un cierto
impulso recorre esos circuitos, activando a su paso ciertos químicos
que generan energía que se dispara en otros muchos sentidos, eso
puede ser un “código”, un modo de fijar o evocar un recuerdo,
entonces el tema se complica aún más. Ya no alcanza con identificar
el soporte físico, el componente “material” del código, puede
haber también un componente dinámico, un recorrido de un circuito,
determinado, involucrado en el proceso.
Esto implica que la memoria puede no tener exclusivamente un sustrato
material, una o más moléculas donde se codifique un recuerdo.
Podría ser que tenga también un componente dinámico, “circuital”.
Por ejemplo que el “encendido” o activación de un cierto número
de neuronas en una determinada secuencia, a través de un proceso
electroquímico, que activa ciertas sinapsis en un orden determinado,
constituya un recuerdo.
De hecho los neurólogos usan mucho esta hipótesis y hasta la
ilustran en animaciones de divulgación científica. El recorrido
permanente de una carga electroquímica en un circuito, refuerza un
dato, un recuerdo un comportamiento. El bloqueo de un cierto
circuito, aunque no destruyamos material físico en el cerebro,
también bloquea o hace inaccesibles ciertos recuerdos o procesos
mentales.
Ahora estamos en condiciones de aquilatar la verdadera magnitud de
ese GAP entre la materia y el pensamiento. Para comenzar a
estudiarlo, no alcanza con el estudio de los materiales que nuestro
cerebro usa como soporte de almacenamiento, hay que determinar
también el sentido que tiene en la codificación de datos el
recorrido de ciertos circuitos de neuronas.
Estudios muy recientemente publicados en la revistas Science e eLife
están discutiendo, o intentando comprobar, la creencia de que los
recuerdos se “almacenan” en las sinapsis de las neuronas.
Hace ya tiempo que se ha identificado, gracias a desgracias ocurridas
a algunas personas, el área del cerebro donde se almacenan
diferentes tipos de recuerdos. Cuando por algún accidente alguien
pierde alguna porción de su masa cerebral y se encuentra que cambia
su comportamiento u olvida acontecimientos ocurridos o se vuelve
incapaz de mantener memoria de cierto tipo, las neurociencias
“deducen” que en esa área se registraban esos tipos de
recuerdos.
La moderna imagenología, que permite escanear un cerebro en
actividad y registrar, incluso en movimiento, la actividad eléctrica
de áreas del cerebro también ayudan a verificar esas hipótesis.
De ese modo se formó la idea actualmente bastante aceptada de que
las sinapsis, la unión, el contacto entre neuronas, es el “lugar”
donde se almacenan los recuerdos. Sin embargo estos estudios
recientemente publicados y realizados en la Universidad de California
Los Ángeles, indican que NO SOLAMENTE las sinapsis intervienen en el
almacenaje de recuerdos.
El experimento consistió en estudiar neuronas sencillas de ciertos
animales invertebrados, cultivadas en placas de laboratorio. A lo
largo de varios días las neuronas formaban espontáneamente una
cierta cantidad de sinapsis. Al aportar al cultivo un
neurotransmisor, serotonina, la cantidad de sinapsis que se crean son
mucho mayores. Este es el proceso por el cual todo ser vivo almacena
recuerdos a largo plazo.
Acto seguido se inhibió al aporte de enzimas que permiten formar
recuerdos y las sinapsis se redujeron a la misma cantidad inicial,
pero con una diferente configuración. Las sinapsis individuales, no
eran las mismas. Esto parece indicar que el cuerpo de la neurona, de
alguna manera gobierna la cantidad de sinapsis que debe formar.
El mismo tipo de experimento se realizó con babosas de mar vivas,
observando que un recuerdo de largo plazo podía ser “destruido”
completamente (según el recuento de sinapsis) pero también podía
ser vuelto a recrear más rápida y fácilmente que antes, con solo
aportar un estímulo similar al original. O sea que efectivamente
“algo” en el cuerpo de la neurona conservaba el código necesario
para reconstruir el recuerdo.
Según David Glanzman, investigador principal de este estudio,
podríamos comparar las sinapsis a los dedos de un pianista. Si
Chopin perdiera sus dedos, no podría reproducir sus sonatas, pero no
las habría “olvidado”, aún seguiría sabiendo tocarlas. Tiene
sentido. Sin embargo esto contradice algo aceptado ampliamente hasta
ahora y deja abierta la interrogante de cómo determinan las neuronas
cuantas sinapsis deben formar, su ubicación y su vigor.
Desde mi punto de vista abre un campo aún mucho más interesante.
Separa el almacenaje del recuerdo de su recuperación. Pensar que el
recuerdo se almacena en las sinapsis sería como creer que los dedos
de Chopin “saben” la melodía. Qué tecla debe presionarse con
qué intensidad, en qué momento… ¡Esto es lo que no me cierra!
Los dedos, su musculatura, sus articulaciones, sus nervios y la
ejercitación, son imprescindibles para “reproducir” la melodía.
Nosotros, desde afuera, que la escuchamos, podemos pensar que “sale
de los dedos”. Pero sabemos que está en el cerebro del pianista.
Tengo la sensación que es lo que hacemos cuando ante un escaneo del
cerebro vemos su actividad eléctrica recorriendo sinapsis para
almacenar o evocar algún recuerdo, vemos “los dedos ejecutando la
melodía”, pero el lugar donde verdaderamente “reside” ese
recuerdo no es ahí está en el cuerpo de la neurona. Esto es lo que
está probando este tipo de experimentos.
Por supuesto, a los efectos prácticos, si no puedo “reproducir”
un recuerdo, es exactamente igual que si no existiera. Porque la
expresión del recuerdo es su reproducción, no su almacenamiento.
Si Chopin no puede ejecutar su sonata, ¿es idéntico a decir que
ella no existe?
Entonces, ¿Qué es esta partitura escrita en pentagramas que tengo acá? Lo vemos enseguida.
Entonces, ¿Qué es esta partitura escrita en pentagramas que tengo acá? Lo vemos enseguida.
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